TRIDUO PASCUAL: LA CELEBRACIÓN DE NUESTRA FE | Parroquia San Eloy
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08 Abr EL TRIDUO PASCUAL: LA CELEBRACIÓN DEL COGOLLO DE NUESTRA FE EN TRES ACTOS

Se acerca la Semana Santa, y el otro día un político hablaba de las “vacaciones de primavera”. Terrible definición que, aparte de pretender desacralizar las fiestas, por desgracia expresa muy bien lo que incluso muchos cristianos vivimos en estos días. Días que aprovechamos para ir a la playa, al pueblo, a hacer un viaje estupendo, o a esquiar aprovechando las últimas nieves. Nuestra celebración de la Pascua se reduce muchas veces a ir a misa el domingo de resurrección. Sin embargo, la celebración litúrgica de nuestra fe por antonomasia se celebra en los días que llamamos el Triduo Pascual. No existe mandato de la Iglesia para asistir a los oficios litúrgicos de estos días. No existe porque no debería hacer falta obligar a un creyente a que vaya a celebrar el cogollo central de su fe, el misterio fundamental por el cual existe como cristiano. No debería en realidad existir mandato alguno sobre la obligatoriedad de acudir a misa los domingos y las fiestas de guardar, o de confesar al menos una vez al año. Aún así la Iglesia no obliga en absoluto a celebrar la liturgia del Triduo Pascual pese a que de ella se derivan todas las demás celebraciones dominicales, especialmente de la vigilia pascual.

Y lo que ocurre en una ciudad como Madrid es que habiendo varios días de fiesta huimos de ella dejando las comunidades esquilmadas de fieles. La Semana Santa es una fiesta que deberíamos celebrar no en un lugar vacacional sino en nuestra comunidad de referencia. Son días intensos tanto en la liturgia como en su preparación que avivan la convivencia y la comunión de las comunidades cristianas porque aglutinan a los fieles en torno al que verdaderamente une y reúne: Cristo crucificado, muerto y resucitado. Tres días para vivir con intensidad nuestra fe y revivir nuestra salvación.

Tras el preludio de la Pasión del Domingo de Ramos, el solemne Triduo Pascual comienza con un pórtico en la víspera del Jueves Santo. El Triduo Pascual realmente abarca Viernes Santo, Sábado Santo y Domingo de Pascua. Pero como toda fiesta cristiana, esta comienza la víspera y por eso el Triduo Pascual se abre en la tarde-noche del Jueves Santo con la Misa de la Cena del Señor. Realmente los oficios de Jueves, Viernes y Sábado Santo comportan una única celebración en tres actos. De hecho, tanto el jueves como el viernes la celebración acaba abruptamente, sin bendición, precisamente porque no ha terminado aún, pues culminará la noche del Sábado Santo en la solemne Vigilia Pascual. Una única celebración en tres actos para contemplar y vivir el misterio central de nuestra fe, el misterio pascual, contemplar la Pasión de Cristo, su crucifixión, su muerte, su descenso al lugar de los muertos, y por último su resurrección que anticipa la nuestra.

La misa del Jueves Santo emula la última cena de Jesús, con el lavatorio de los pies, y acaba con la Reserva del Santísimo en el lugar de la Reserva, que antiguamente se llamaba “Monumento” y por eso hoy se sigue llamando así tradicionalmente. Es por ello que se debe celebrar a la última hora de la tarde. Cristo Eucaristía se queda cautivo en el Monumento como estuvo cautivo en las mazmorras de la casa de Caifás y del Pretorio de Pilato. La Reserva situada en un lugar diferente del Sagrario recuerda esas horas previas a la crucifixión en las que Jesús estuvo cautivo. El jueves por la noche se suele celebrar la Hora Santa, para contemplar a Jesús en el Huerto de los Olivos y su captura.

El Viernes Santo los oficios nos adentran en la Pasión de Jesús y en su muerte, exaltándose la cruz como signo de la salvación de Dios. Por eso el centro de la celebración del Viernes Santo es la adoración de la Cruz. Se celebra en torno al mediodía, ya que no deben encenderse las luces del templo, y de hecho tradicionalmente se ponía a la hora en que murió el Señor, la hora de nona. Se comulga de la Reserva del Jueves Santo y no se celebra la eucaristía ni el Viernes ni el Sábado Santo. Recordamos así la muerte de Cristo y las horas que éste pasó muerto, con su cuerpo yacente en el sepulcro y su alma descendida al lugar de los muertos donde los libera y les abre las puertas del cielo. La cruz es el único signo de la presencia de Dios durante el viernes después de los oficios y el Sábado Santo, hasta tal punto que se venera igual que la Eucaristía haciendo una genuflexión delante de ella.

El Sábado Santo, aparte de la celebración de la Liturgia de las Horas no hay ninguna otra celebración hasta bien entrada la noche. Cuando ya es totalmente de noche, nunca antes, puede comenzar a celebrarse la Vigilia Pascual. Esta celebración es el corazón de toda la liturgia de la Iglesia. De ella se derivan todas las demás celebraciones. Comienza con el lucernario a la entrada de la Iglesia y la entronización del Cirio pascual con el canto del pregón pascual. Después una amplia liturgia de la Palabra recorre toda la historia de la salvación hasta desembocar en la resurrección de Cristo en el Evangelio. El gloria y el aleluya vuelven a sonar con júbilo después de toda la cuaresma. Cristo ha resucitado, ¡verdaderamente ha resucitado! Y por eso tras la liturgia de la Palabra comienza la liturgia bautismal, con la bendición del agua de la pila del bautismo y la renovación de las promesas bautismales de los fieles. Es momento también para que los catecúmenos, si los hay, sean bautizados y confirmados, para bautizar a los niños. Por último la liturgia eucarística nos devuelve a Cristo eucaristía, el gozo de la comunión con Él, que está vivo, vive para siempre.

Más allá de las procesiones que recorrerán de nuevo este año tras el parón pandémico las calles de nuestras ciudades, de todos los gestos de devociones populares: via crucis, pasiones vivientes…, el centro de nuestra fe se concentra en las celebraciones de los oficios de este Triduo Pascual. Animémonos a participar de ellos, a gozar de la liturgia, a celebrar nuestra fe en Cristo muerto y resucitado, en definitiva, a celebrar nuestra salvación y el gozo que da saberse salvados por Jesucristo, el Hijo de Dios vivo, que vive para siempre. Está vivo y ha resucitado. Vivamos con fervor y con verdad la Semana Santa. Que no se conviertan al menos para nosotros en unas “fiestas de primavera”. Que sean realmente unos días santos, en los que la fe en el Resucitado corra por nuestras venas y nos vivifique de nuevo. Feliz Semana Santa. Feliz Pascua. Cristo ha resucitado. ¡Verdaderamente, ha resucitado!